La magia de los títeres se remonta a los orígenes del teatro mundial, con la manipulación de objetos para expresar ideas y sentimientos. Ese nacimiento en paralelo al teatro de actores se mantiene, y reaparece cada vez que hay una historia que contar.

El paso de la idea a las palabras y a las acciones constituye el núcleo de la dramaturgia, que tiene características específicas en el arte titiritero. Una experta en la materia, Silvina Reinaudi, está dictando hasta el viernes un taller intensivo en esta especialidad en La Colorida (Mendoza 2.955), organizado por el grupo local Die Pinken Clauden, y el apoyo del Instituto Nacional de Teatro y de la Fundación Tati.

“Lo titulé ‘Las palabras en las manos’ porque refiere a la mecánica del taller, lejos de ser una clase magistral; trata de manera práctica de acompañar el ida y vuelta de la idea al objeto, que es la materia del teatro de títeres. Materia que se toca con las manos, que se combina, que se vuelve metáfora en movimiento hasta volver a ser palabra”, le explica Reinaudi a LA GACETA.

- ¿Hay alguna diferencia entre la dramaturgia teatral para actores y para títeres?

- Sin duda hay una diferencia que califica a ambas dramaturgias: un actor crea, con su cuerpo y su voz, al personaje; en el teatro de títeres, el títere es el personaje y está más acotado en sus expresiones, que aúna elementos plásticos y dramáticos, y por fuerza debe ser más sintético en acciones y palabras. Ambos comparten la necesidad de un conflicto para ser acción dramática y de un público que los complete para ser reales.

- ¿Cómo está el género en este momento del país?

- Aún a una titiritera con mis años de trabajo le resultan difíciles ciertas definiciones, que a veces parecieran juicios de valor. Es auspicioso que, tal vez, nunca haya habido tantos titiriteros en el país. Lo que no significa que el oficio crezca en calidad; por ejemplo, muchos renguean justamente en la dramaturgia, aún habiendo avanzado en la técnica. El público que tenemos no es exigente y podemos cometer errores que no se perdonarían a un actor. Pero el número significa que sólo nos queda mejorar. A pesar de pensar que el territorio natural del títere es el absurdo, para mí no son más efectivos los que copian lo natural, sino los que lo pintan en la diferencia, estilizándolo o caricaturizándolo en el grotesco. Dentro de ese absurdo me diría “muñequera” a la vieja usanza, sin dejar de respetar y disfrutar el teatro de objetos, las sombras, etcétera.

- ¿Hay una renovación?

- Los que hace mucho que estamos en el oficio, cantautores la mayoría, no nos caracterizamos por la renovación. Quizás sea herencia de los maestros que nos precedieron. Javier Villafañe, los Di Mauro (quienes me contaron de la Escuela de Títeres de Tucumán y de la labor de Alba Enrico y de María Teresa Montaldo), Sánchez Vera y Espina, entre otros, hicieron un puñado de obras perfectas que repitieron -y repetimos- hasta volverlas clásicos. No es que su creatividad se hubiera agotado, porque siguieron escribiendo, sino que no les hacía falta hacer cosas nuevas. En cada función las renovaba en los aplausos del público. Es una característica juglaresca y sobrevive bien.

- ¿Qué distingue el títere para niños al de adultos?

- En los temas que se tocan antes que en las formas. Un buen espectáculo para niños es un buen espectáculo a secas; si el grande se aburre, también se aburre el niño. Por regla general, son obras de doble lectura, donde el adulto lee entrelíneas y decodifica guiños. Pero la comprensión de los chicos es sorprendente, tal como su percepción de detalles. Es un público virgen, que no conoce de diplomacia, y si algo no le interesa puede ser cruel. La contrapartida es que también puede atrapárselo con muletillas o falsa participación. A veces, con la excusa de que es para chicos, en las salas de teatro suelen no darnos toda la atención que se les da a otros géneros, como usar todas las luces. Si las condiciones de una gira o de un contrato son peores para los titiriteros es también porque se aceptan, y sigue la rueda. Lo de parientes pobres está cambiando un poco, ya que el apoyo oficial que recibimos es insuficiente por igual. Sin duda hacen falta becas, ayudas técnicas, subsidios para salas, que se conserve y se mejore lo que hay.